Descripción
Chile envejece, y lo hace rápido. Las personas mayores de 60 años ya son el 18,1% de la población y se proyecta que lleguen a un tercio hacia 2050. Muchas de ellas viven esta etapa con bienestar emocional y manejan bien sus condiciones crónicas. Pero ese envejecimiento ocurre sobre desigualdades sociales y de salud que ya existían, y eso hace que las mismas condiciones de vida —una vivienda precaria, servicios sociales limitados, discriminación por edad— tengan un peso distinto según quién las viva.
El entorno importa, y se puede medir. La exposición al ruido, la mala calidad del aire y el acceso restringido a áreas verdes se asocian a más riesgo de depresión y deterioro cognitivo, y el cambio climático agrava estas vulnerabilidades, especialmente donde falta investigación e infraestructura para adaptarse. En cambio, haber tenido contacto con espacios verdes desde temprano en la vida se asocia a menor riesgo psiquiátrico más adelante. Son huellas que se acumulan a lo largo de toda una trayectoria de vida, no solo en la vejez.
Al mismo tiempo, hay factores que protegen: la satisfacción con la vida, el apoyo psicosocial y el afecto positivo actúan como amortiguadores frente a la depresión y la ansiedad. Pero esos amortiguadores no llegan a todos por igual. El aislamiento social, la fragilidad, el deterioro cognitivo y el edadismo golpean con más fuerza a las mujeres mayores, a quienes no tienen pareja y a quienes cuentan con menos apoyo social.
Prevenir el malestar en la vejez no es una tarea que empiece a los 60 años: la psicología del desarrollo muestra que requiere un compromiso sostenido a lo largo de toda la vida. Frente a un envejecimiento poblacional que se acelera y desigualdades que persisten, esta línea busca aportar soluciones integrales y basadas en evidencia para que llegar a mayor sea, cada vez más, sinónimo de bienestar y no de vulnerabilidad.

